domingo, 15 de noviembre de 2015

El Santuario Interior

Todo el mundo tiene, en su biblioteca interior, un pequeño rinconcito secreto, un sitio donde guarda sus recuerdos más preciados en una caja multicolor. Ese santuario, tan a menudo cubierto de polvo acumulado, es totalmente inaccesible para todos aquellos que lo buscan con desesperación.

No saben que jamás debe buscarse.

El santuario interior sólo puede compartirse. No tiene llaves que lo custodien, sino promesas más fuertes que los hechizos de Morgul. Cuando compartes una pequeña parte de ese lugar, desaparece el polvo de las estanterías y se ilumina el oscuro pasillo con un poder especial. Sientes su mágica aureola, se vuelve palpable, y descubres que el santuario interior no puede buscarse ni encontrarse.

Sólo puede compartirse. Por eso compartir significa querer.

Puede compartirse en medida que compartes las caladas de un cigarrillo de liar. Y entre calada y calada, rozar los dedos de la otra persona en una promesa silenciosa, preparando ese pequeño santuario. Jamás invadido ni corrompido en el transcurso de la vida. Allí permanece, sin mancillar, blanco e inmaculado.

Allí está mi caja multicolor. Y allí hay filtros y tabaco, una pañoleta y también habrá un tótem. Pero no estás tú. Tú estás junto a mi, en el santuario, ayudándome a llenar otra caja multicolor. Una bien grande. Una que sea de los dos.

Te quiero.

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